Las palabras
(Tribuna Universitaria, 4feb08)
Las palabras se conocen en la base del estómago. En el aparcamiento de los sentidos, justo detrás del ombligo, por donde entran primero las vistas del Monte de Venus y el tacto de las naranjas de hace dos semanas. Es allí donde quedan a todas horas para construir sus frases y los discursos del Rey, los carteles del metro y el nombre de todas las ciudades extranjeras. Un poco más arriba o más abajo dependiendo de la gravedad del asunto a hablar; unas cuantas palabras más o unas cuantas menos dependiendo del público, el frío o la hora de la noche. En este universo silábico las transacciones se hacen con fotos de Capa, o de Chema Madoz, dependiendo de la imaginación de cada familia sintagmática, porque todo el mundo allí conoce aquel viejo proverbio que dice que vale más una imagen que cien hombres. Y se elaboran auténticos tratados sobre la muerte, sobre cómo será pasar el resto de la eternidad en un diccionario o en un fotograma. O en el viento, esperando respuesta.
En condiciones normales de humedad y consciencia, se toman de la mano y ascienden la laringe humedeciendo las dudas. Por eso la ausencia de palabras provoca la sequedad completa de ese espacio que queda en el pecho para lo que algunos llaman alma. Y vienen entonces los desiertos, la tos y los aeropuertos de huida.
Cuando se dejan las palabras sueltas, sin control de calidad, pueden crear auténticos charcos que luego resultan imposibles de tapar. Ni con mercromina ni betadine. Cada una de ellas lleva a la espalda una cajita aislante cargada hasta arriba de electrones silábicos en movimiento, especialistas en penetrar cualquier espalda y escalofriar las situaciones más variadas.
Hay palabras que, en dosis adecuadas, tienen poderosas propiedades mágicas, químicas y desinfectantes. Pero si se sirven en pregunta, se pueden volver cáusticas, corrosivas y aceleradoras de desenlaces trágicos, así que hay que cocinarlas con cuidado y en atmósfera protectora hasta soltarlas.
Antes de salir a cambiar el mundo, las palabras se despiden en el quicio de la lengua.
Como tú y yo.
En condiciones normales de humedad y consciencia, se toman de la mano y ascienden la laringe humedeciendo las dudas. Por eso la ausencia de palabras provoca la sequedad completa de ese espacio que queda en el pecho para lo que algunos llaman alma. Y vienen entonces los desiertos, la tos y los aeropuertos de huida.
Cuando se dejan las palabras sueltas, sin control de calidad, pueden crear auténticos charcos que luego resultan imposibles de tapar. Ni con mercromina ni betadine. Cada una de ellas lleva a la espalda una cajita aislante cargada hasta arriba de electrones silábicos en movimiento, especialistas en penetrar cualquier espalda y escalofriar las situaciones más variadas.
Hay palabras que, en dosis adecuadas, tienen poderosas propiedades mágicas, químicas y desinfectantes. Pero si se sirven en pregunta, se pueden volver cáusticas, corrosivas y aceleradoras de desenlaces trágicos, así que hay que cocinarlas con cuidado y en atmósfera protectora hasta soltarlas.
Antes de salir a cambiar el mundo, las palabras se despiden en el quicio de la lengua.
Como tú y yo.
Comentarios
me ha gustado que esta entrada sea lo primero que leo en esta isla triste y gris...
me gusta poder leer el Tribuna sin estar en la ciudad amarilla...
Si tienes un poco de nostalgia del sol podemos decirle a los aviones que te traigan de vuelta un rato.
Y si no, el día menos pensado te lo llevamos (takeawayy!)
Un beso rojo
palabras, que muchas veces son cobardes por el miedo a la indiferencia...pero necesarias para dar realidad o seguridad.
gracias
-galilea-